martes, 6 de diciembre de 2011

Siempre Chava



Hace ocho años el ciclismo perdió parte de su magia. Hace ocho años la vida se llevó por delante a la persona. Pero no al ídolo que nos transportó bien al salón, bien a la carretera en previsión de jornadas de gloria. O, no lo neguemos, en temor de tardes de decepción. Ese era su encanto, no saber qué pasaría, ni siquiera él. Su carácter, frágil, sensible y peleón nos llevó a la pasión por el ciclismo de ataque. Y nos hizo llorar de emoción: José María Jiménez Sastre, "El Chava".

El Chava no fue un ciclista al que analizar por su palmarés. Resulta erróneo tratarle así. Su carrera, como su vida, fue una filosofía de la anarquía: el éxito o el fracaso dependían del caprichoso criterio que nacía de su propio despertar. Tuvo cualidades para lograr mucho más de lo mucho que logró. Pero el de El Barraco fue siempre a lo suyo. Le acusaron, por ejemplo, de no trabajar la contrarreloj y no optar a mayores cimas. "Yo estoy bien así", respondió. Jiménez nos regaló la duda, la seguridad de nunca estar seguro sobre lo que nos esperaba. Ni siquiera en sus victorias era corriente. Siempre a su manera.

Para muchos recordar al abulense es hablar del Angliru 1999. Aquel gris día septembrino en la Vuelta a España. Su cima, su cita. Pareciese que la gloria le estuviese esperando. Fue él quien descubrió en sociedad el hasta ahora puerto más duro de la ronda española. Y la etapa marchaba perfecta para él. A pie del alto, rodaba en el grupo de favoritos junto con Ullrich, Heras y Tonkov. Pudo haber atacado de lejos, escaparse y ganar. Al fin y al cabo era el mejor. Pero hubiese sido lo esperado y eso, en el Chava, no era de esperar. Faltaba la épica. Por eso inició la remontada a menos de 4 kilómetros a meta, entre la niebla. Roto el día como rotas las gargantas de los millones de espectadores que le vieron volar en las rampas del 23% de la Cueña les Cabres. Aparecían referencias "45 segundos", "40 segundos". "A Chava no le va a dar tiempo", llegó a decir el siempre añorado periodista Pedro González. Cuando todo parecía resuelto, de entre la nada apareció José María Jiménez para adelantar por fuera a Pavel Tonkov casi en la línea de meta ante la sorpresa del ciclista ruso, que se veía ganador. En ese punto, el Chava ya entró en la historia. Pero fue mucho más.

Fue más que el Angliru. Fue más que sus nueve victorias en la Vuelta, más que su podio en 1998, más que su triunfo en el Mont Ventoux...y más que sus derrotas. Porque a todo esto debe añadírsele su legado, que hoy, ocho años después, sigue vigente. El legado de las banderas, las pintadas en la carretera, los comentarios, los "Siempre Chava". Esa suerte de gloria que tanto disfrutaba José María. Nadie le ha olvidado. ni lo hará; ni lo haremos. Los grandes nunca mueren. Siempre Chava. 

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